Un Mal Puede Traer un Bien

5:30 minutos. Mientras se encontraba de cacería, el emperador Akbar aprendió por qué se dice que un mal puede traer un bien. Veamos la razón de esto.

Un Mal Puede Traer un Bien

En cierta ocasión, Akbar el grande, emperador de la India, decidió salir a la caza de un tigre que, según sabía, merodeaba por los bosques cercanos al palacio real. Para tal fin, le pidió a su gran visir Birbal que lo acompañara y muy temprano se internaron en la tupida vegetación.

Akbar marchaba adelante y creyendo escuchar los gruñidos del tigre, se detuvo para preparar su arma, pero en un descuido, ésta se disparó hiriéndolo levemente en un dedo. Después de examinarlo, el visir procedió a colocarle una venda, y mientras tanto, quiso tranquilizarlo, haciendo unas cuantas reflexiones:

-Majestad, yo pienso que no podemos saber si lo que nos ocurre es realmente malo o bueno. ¿No crees que esta herida podría, sin saber cómo, ser una bendición?

Al escuchar estas palabras, el rey, que ya se encontraba molesto, montó en cólera y le contestó:

-¿Cómo te atreves a decirme tal cosa? Te invité a acompañarme creyendo que podía confiar plenamente en tu lealtad. ¿Y ahora me dices que está bien verme herido? ¿Tal vez sería mejor verme muerto?

Después de estas palabras, sin dar tiempo a la réplica, arrojó al visir a un pozo que había allí mismo. Una vez hecho eso, sin detenerse a mirar, continuó su camino bosque adentro, en busca del tigre.

No obstante, pasado un rato, a cambio del tigre que perseguía, se tropezó con un grupo de hombres salvajes, quienes rápidamente lo tomaron prisionero. Estos hombres andaban en la búsqueda de una víctima propicia para sacrificar a sus dioses, como parte de sus rituales primitivos. De modo que, con gran alborozo, lo condujeron a la presencia del hechicero de la tribu.

Una vez lo colocaron en el ara de los sacrificios, el hechicero se acercó y comenzó a examinarlo minuciosamente. Pero tan pronto como vio la venda aún ensangrentada, gritó a los hombres diciéndoles que esta víctima no servía para el sacrificio. Sería una falta de respeto a los dioses sacrificarles un hombre que no estuviera en perfecto estado.

Ante este tropiezo, le informaron al emperador que quedaría libre y debía marcharse de inmediato. Akbar, sin pérdida de tiempo, se alejó de allí, retomando el camino por el que había venido.

Mientras caminaba, todavía abrumado por su extraña experiencia, recordó las palabras de Birbal y, sin poder reprimir un suspiro, entendió cuánta razón había tenido y qué tan sabias eran aquellas palabras. La herida que había recibido, siendo mala en apariencia, finalmente le había salvado la vida.

Una vez llegó al pozo donde había arrojado a su fiel visir se arrodilló, con lágrimas en los ojos, lamentando su ignorancia y su impulsiva acción. Pero el visir aún se encontraba con vida, aferrado a una roca que estaba en la superficie del agua. El emperador lo ayudó a salir a la orilla y en seguida se arrojó a sus pies, contándole lo sucedido y pidiéndole perdón.

Pero Birbal apenas sonrió mientras le decía:

-Majestad, por favor no me pida perdón, pues soy yo quien debe estar agradecido. Gracias a que me arrojó a este pozo, aún sigo con vida. De no haberlo hecho, nos habrían detenido a los dos. Su majestad de todos modos habría sido liberado, pero como yo no tengo ninguna herida, habría sido la víctima perfecta para ese sacrificio.

Reflexión: no debemos maldecir por los pequeños tropiezos, porque ellos pueden ser puestos allí para favorecernos de un mal mayor. Y no hay consejos pequeños, si son dictados por un amigo sincero.


Cuento tradicional indio adaptado para VCSradio.net

Imagen de portada: Carlos Morales Galvis

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