El Rey y el Gallo de Pelea

5:45 minutos. En un lejano país, un rey belicoso aprende una valiosa lección de un gallo de pelea. Veamos qué le enseñó ese majestuoso animal.



El Rey y el Gallo de Pelea

En tiempos remotos, un belicoso rey gobernaba cierto país que permanentemente se encontraba en guerra con sus vecinos. Dicho rey siempre tenía un motivo para declarar el conflicto, y llevar a su ejército contra otros reinos.

De este modo, ya se cumplían veinte años de continuas guerras. A veces ganaba, pero también perdía y se veía obligado a pagar tributos a otros soberanos. Todo esto había traído pobreza e inconformismo entre su pueblo. Los soldados, agotados, no veían la hora de dedicarse al trabajo para poder llevar alimentos a sus hogares donde ya casi no los conocían.

Cierto día, después de una intensa batalla que no había dejado ningún ganador, pero sí muchos muertos en ambos bandos, el rey se aisló en su carpa para meditar sobre lo que había sido su vida. Después de pensar intensamente, mandó llamar a su consejero, un hombre sabio al cual el rey pocas veces escuchaba. Cuando lo vio entrar a la carpa, rápidamente le pidió que dejaran las formalidades y le dijo:

-Como sabes, llevamos años luchando con muchos enemigos, pero aún no logro conseguir el temor de ellos ni el respeto de mis vasallos. Aunque todos me conocen como un guerrero incansable, no terminan de doblegarse a mi voluntad. Por favor, dame un consejo que ponga fin a todo esto, te prometo que lo seguiré.

El consejero pensó unos instantes, y en seguida replicó:

-Su majestad, más que un consejo, deseo darte un ejemplo. Conozco muy bien vuestra afición a las peleas de gallos. Por favor dame el gallo más belicoso que poseas y lo entrenaré adecuadamente para que sea invencible.

El rey no entendió muy bien cómo eso podría enseñarle algo, pero accedió, entregándole el gallo que consideraba adecuado.

Diez días después se dirigió donde el consejero y le preguntó si ya se podía organizar un combate.

-Aún no, su majestad –le contestó-. El gallo es muy fuerte, pero su fuerza es dispersa. Como siempre está excitado por la lucha, esa fuerza es efímera y rápidamente decae.

El monarca esperó otros diez días y envió por el consejero.

-¿Podemos llevar a cabo el combate? –preguntó de nuevo-. Ya me estoy impacientando.

-No, todavía no es el momento –contestó el entrenador-. Aunque ha mejorado, aún se muestra demasiado ansioso. Parece como si estuviera permanentemente irritado.

El rey lo miró largamente con gesto pensativo, pero recordó que había prometido escuchar su consejo, y le permitió continuar con el entrenamiento. Diez días después, el consejero se presentó ante el monarca y le anunció:

-El gallo que me diste, majestad, está listo para imponerse sobre cualquier enemigo. Ahora se ve sereno y ante la presencia de cualquier otro gallo guarda la calma. Su presencia es imponente y manifiesta fuerza y poder en su mirada.

Ya sabiendo esto, el rey organizó un torneo al que llevaron los mejores gallos del reino. Tanto los aficionados como los curiosos llenaron la gallera real, esperando ver el curioso lance, pues habían escuchado sobre el gallo indestructible del rey.

Una vez soltaron el gallo real, fue directo al centro de la arena. Allí se paró, quieto como una piedra, sin mover una sola pluma. Todos guardaban silencio, pero al verlo tan tranquilo, el rey comenzó a tener dudas sobre su eficacia.

Entonces entró el primer oponente, en forma aparatosa, mostrando su deseo de entablar pelea. Pero el gallo real, firme en el centro, lo miró con fijeza. Hasta el público sintió que se le helaba la sangre, cuando el gallo oponente, intimidado, huyó por donde había llegado, sin presentar pelea.

Así mismo desfilaron, uno a uno, todos los otros gallos, los cuales apenas veían la figura imponente y sentían la energía que emanaba del cuerpo del gallo real escapaban espantados, temiendo una muerte segura. 

Ningún gallo, en toda la tarde, quiso presentar pelea. El gallo del rey había sobrepasado los límites del combate y el poder. Su energía podía doblegar al enemigo, sin necesidad de combatir.

El consejero, sin decir palabra, miró al rey, quien meditaba profundamente. Al fin había entendido que para imponer su voluntad no necesitaba alardear del poderío y la crueldad. Solo debía mostrar su fuerza espiritual y revelar la actitud de un verdadero monarca. La magnanimidad aunada a la firme voluntad sería un arma más poderosa que un gran ejército de hombres agotados.


Cuento anónimo chino adaptado para VCSradio.net.

Imagen de portada: Carlos Morales GalvisTema musical: Musica sin derechos de autor espectacular- vuela como una cometa.

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